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Niños quemados tienen su ángel Conocido no sólo por haber revolucionado hace más de cuarenta años el país con el trasplante de piel de cerdo a los niños quemados, sino por su infatigable vocación profesional y amor a sus pequeños pacientes, a sus 92 años de edad el doctor Augusto Bazán Altuna sigue cumpliendo en el ex Hospital del Niño con el juramento hipocrático como lo hizo en 1946 al graduarse de médico pediatra. Con 13,275 niños quemados registrados al momento de este especial que han pasado por sus casi milagrosas manos, el “doctorcito” de los niños acaba de ser distinguido por el Congreso y por el mismo Instituto Especializado de Salud del Niño por tan maravillosa entrega humana. Desde este diario hacemos lo propio. Todas las mañanas, como hace 62 años, el doctor Augusto Bazán se levanta a las 6 y 30. Pareciera que fue ayer, pero el entusiasmo hace que este experimentado médico se deje ver minutos antes de las 8 a.m. en los ambientes del Servicio de Quemados, el mismo lugar que él y un grupo de colegas fundara hace 45 años. Su erguida y frágil figura de mandil blanco entra sigilosamente por los pasillos del servicio. Hace frío aún. De pronto es divisado por algunos -también- madrugadores médicos y enfermeros. “Ya llegó el doctorcito”, se escucha murmurar en los silenciosos y antiguos pasadizos. “Buenos días, doctor”, es la frase más repetida. Se alborotan los pequeños pacientes, ataviados de ‘momificantes’ vendas que cubren sus quemaduras de toda clase de grado. En ellos se refleja más su inocencia, la travesura propia de la infancia y el afecto que le tienen al doctor Bazán y a esa enorme figura paterna que irradia. ¿Por qué sigue laborando a estas alturas de su vida?, le pregunta La Primera. “No se imagina usted mis deseos de seguir trabajando por los pacientes. Me quedo hasta el final, hasta que el cuerpo aguante”, responde. La fortaleza del doctor Bazán es ejemplar y digna de elogio. Pese a su avanzada edad, durante la entrevista se mantuvo de pie junto a este redactor, durante casi una hora, respondiendo a las preguntas. Augusto Bazán Altuna fue distinguido el mes pasado por el Congreso con el Grado de Comendador, a iniciativa del presidente del Parlamento, Javier Velásquez Quesquén (PAP) y del congresista Raúl Castro Stagnaro, de las filas de Unidad Nacional. Hace algunos días, a propósito de su aniversario institucional, el Instituto Especializado de Salud del Niño hizo lo propio al reconocer tan noble causa. El premio Esteban Campodónico Figallo 2008, otorgado por la Universidad de Piura en octubre de este año, es otro de los laureles. “El Ángel de los niños quemados” ya perdió la cuenta de los reconocimientos. Jubilado
¿yo? Han pasado 22 años y ya está jubilado. Para algunos colegas podría estar descansando en su casa, pero prefiere seguir con los suyos. Bazán recuerda, de manera anecdótica, que en alguna oportunidad un colega suyo lo quiso “mandar” a su casa. Lo que no sabía el “modernizante” compañero médico es que Bazán contaba con una resolución ministerial. Cosas de la vida, dice sonriendo mientras abraza a unos de sus pacientes. “Quiero que a mí me tome una foto también”, dice inocentemente desde la otra cama uno de los pequeños pacientes, con casi todo el cuerpo vendado y con el rostro saturado de operaciones. Las intervenciones quirúrgicas ya no son de la práctica diaria del doctor Bazán. Se lo deja ahora a sus jóvenes colegas. Sin embargo, no deja de participar de ellas, se lo soliciten o no, para compartir conocimientos y experiencias. Sanmarquino
realizado Padre de un médico, de un diplomático y de una experta en comunicación, papá Augusto dice sentirse plenamente satisfecho con todo lo que ha hecho. Los niños son su razón. Ver tanta piel quemada no le chamusca sus ganas de seguir sirviendo a esta sociedad llena de intereses y afanes lucrativos. Revolucionó
trasplante de piel “En los años cincuenta, el 40 por ciento de menores de doce años quemados moría 48 horas después. Esto nos llevó a preocuparnos mucho”, recuerda. Fue entonces que con la ayuda de unos colegas norteamericanos, el doctor Bazán empezó a reducir la mortalidad al 6% con la administración de una solución de cloruro de sodio. Los sacrificados –dice– fueron los ratones a los cuales se les quemaba el 70% de sus cuerpecitos y se les inyectaba esa solución. “No había otra”, lamenta. Este aplicado galeno, luego de dos años de estudios, logró demostrar que el binomio pobreza-hacinamiento era la principal causa de quemaduras en menores de 12 años. “Los menores de tres años son los que más se queman hasta ahora”, afirma. Piel
de lechón La piel era de lechón y la traían de la Universidad Nacional Agraria. “Tenía que irme hasta allá a conseguir seis lechones. Su piel la esterilizábamos con rayos ultravioleta, y ahora lo hacemos con rayos Gamma”, explica. Gracias a los
esfuerzos emprendidos por las autoridades del Instituto Especializado
de Salud del Niño, dicho centro cuenta desde 1996 con un
Banco de Tejidos. Bazán admite que se ha avanzado bastante,
pero se necesita aún de una cultura preventiva sobre el tema.
El 69% de niños se queman con líquido caliente, el
28%, con fuego; y el 2.4%, con corriente eléctrica. “Entre
otras causas, es una alerta a tener en cuenta”, advierte. La
Primera |